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 Nos quedamos unos segundos en silencio. No sé qué decir. Una idea asalta mi cabeza y antes que pueda razonar, las palabras salen por mi boca.

-¿Sabes qué? Creo que voy a irte a ver también a Valencia.
-¿De verdad? –Se sorprende alzando ambas cejas de nuevo.
-Sí, acabo de decidirlo. Anoche disfruté mucho en el concierto y quiero repetir.
-Bffff… Gracias de verdad, no sabes lo que significa para mí oír eso. Yo acabo de salir del caparazón y ver que hay gente que realmente cree en mí… Es imposible expresarlo con palabras.
-Estoy convencida de que llegarás muy lejos, te lo digo de corazón.
-Gracias, mi niña. –Me sonríe abiertamente y creo que me va a dar algo. Inspira, expira. Inspira, expira. Bueno, parece que al menos recuerdo cómo respirar.


Valencia, dos días después. No me puedo creer que vaya a volver a verle tan pronto. Dudaba si venir aquí o no, pero en un impulso decidí comprar la entrada y coger un billete de avión. Esta vez Sandra no está, pero María me recoge en el aeropuerto y me quedo a dormir en su casa. ¿Se acordará de mí? Esa pregunta asalta mi mente, pero la descarto con rapidez. Ni siquiera se acordaba de mí al día siguiente al concierto, ¿cómo se va a acordar ahora? Estamos en metro de Valencia, yendo hacia el local dónde tendrá lugar el concierto. Quedan apenas unas horas para poder volver a disfrutar de su música y de las sensaciones y emociones que ésta produce en mí.

María se adelanta y coge sitio mientras yo me entretengo comprando algo que regalarle a Pablo. No es que sea su cumpleaños ni nada parecido, pero me parece justo agradecerle con un regalo lo mucho que me hace sentir con sus canciones. Me recorro las calles aledañas al local y consigo encontrar algo decente que comprarle. Salgo corriendo hacia allí. Intento esquivar la lluvia correteando entre los edificios, pero los altísimos tacones me impiden correr más, así que inevitablemente acabo algo mojada.

-Abuf, menos mal que no ha empezado, rebufo sentándome junto a María. Ha conseguido asiento en primera fila, y sonrío victoriosa al pensar que voy a tener de un momento a otro a Pablo justo delante de mí.
-¿Se puede saber dónde te has metido? Pensé que no llegarías a tiempo.
-Es que no sabía que comprarle... es complicado. Es un hombre, ya sabes... El ronroneo de las cuerdas de una guitarra me alertan, y desvío rápidamente la mirada hasta el escenario.

Pablo está sentado en un taburete, acariciando las cuerdas de su guitarra. Su voz empieza a fluir, inundando toda la sala, que enmudece ante tan dulce melodía. Mi mirada está fija en él, en el movimiento de sus manos y de su boca, no puedo apartar la vista de su persona. No puedo evitar emocionarme con cada nueva nota y algunas tímidas lágrimas empiezan a resbalar por mis mejillas. Pablo va mirando a todo el mundo, mantiene el contacto visual con todo el público de esa sala. Cada vez que su mirada se cruza con la mía siento como se me detiene el corazón y después empieza a latir como si no hubiera mañana.

Sonríe al ver que mi llanto silencioso no cesa. Debe tratar de calmarme, pero si os digo la verdad, todavía me pone más nerviosa. Cada canción me gusta un poco más que la anterior. Me dejo llevar por su voz, y cierro los ojos para imaginar cada una de las historias que cuenta.Dejo que nuevas emociones me invadan y la sensación es inigualable, nunca me había sentido así. Abro los ojos, aún llorosos y me encuentro de nuevo con su mirada. Me guiña un ojo y sonríe de nuevo, y siento que mi mundo se detiene por unos segundos.

El concierto acaba y Pablo, como en otras ocasiones, baja a saludar a la gente. Se forma un corrillo entorno a él, y me retiro para evitar que la multitud me arrastre junto a ellos. Pierdo de vista a María un instante, pero no tardo en divisarla entre la muchedumbre. ¿Qué hago? ¿Me adelanto y le doy el regalo? ¿Me espero a que la cosa se calme un poco? Por una inexplicable razón, salgo de la sala, intentando recuperar el aliento que siento consumido.

Inspiro profundamente el frío aire de la calle. ¿Se puede saber qué mosca me ha picado? Tanto tiempo esperando este momento y ahora me largo. Pero es que el agobio ha podido conmigo. No sé si debería volver dentro, tal vez debería buscar a María. Además, quiero darle el regalo a Pablo. ¿Seguirá atendiendo a fans? Espero que sí. Ufff… Pero no me veo con el coraje suficiente como para volver a entrar ahí, menuda jauría. ¿Qué hago? De repente oigo una voz tras de mí que me resulta familiar. Me giro para descubrir de quién se trata y me encuentro con que es el mismísimo Pablo. Todo mi cuerpo empieza a temblar, no sé cómo debo reaccionar.

-¿Te ibas ya?, me dice. Espera, espera, ¿me pregunta a mí si me voy?
-Si, bueno, no, bueno he salido pero pensaba volver a entrar... Yo... ¡Oh dios mío! ¡Parezco idiota con tanto tartamudeo! Pablo se ríe y se acerca poco a poco a mí. Tengo en mi mano la bolsa con su regalo, pero no tarda en caer al suelo debido a la tiritera que llevo encima. Me agacho enseguida a cogerlo y me lo encuentro agachado frente a mí, mano con mano, tratando de coger, ambos, la bolsa. Se levanta antes que yo, con la bolsa en la mano, y me la tiende enseguida.
-¿Estás bien?
-Eh, sí, sí, bien. Esto, yo… La bolsa, la bolsa es un regalo para ti. -¿En algún momento lograré hacer una frase que tenga coherencia? ¡Por dios Ariadna, cálmate! Sólo es Pablo Alborán… No puedo evitar el sarcasmo.
-¿Un regalo? ¡No hacía falta, mi niña!
Mi niña. Me acaba de llamar mi niña. Mi corazón se detiene y siento que en cualquier momento me puedo desmayar. Sé que siempre usa estas dos palabras pero no es fácil acostumbrarse a que te las diga a ti. Estoy en shock.
-Muchas gracias, de verdad
-Pero si no lo has abierto... murmuro. Se rasca la cabeza y ríe. Es tan guapo. Adoro esa sonrisa contagiosa que tiene...
-Ahora mismo lo abro, pero te quería dar las gracias por adelantado. Observo impaciente como abre el regalo. Creo que estoy yo más nerviosa que él por saber si le va a gustar o no. Veo como abre los ojos de mar en par y me mira.
-¿E-E-En serio esto es pa-para mí? Me río por dentro. Ahora es él quién balbucea.
-Claro que sí. –Le sonrío.
-Me encanta, de verdad, es un detalle precioso. ¿Me ayudas a ponérmelo?
-Cl-claro.

Pablo me tiende el colgante. Es una púa de plata con la inscripción “Solamente tú” grabada en ésta. Abro el cierre de la cadena y me coloco detrás de Pablo. Me pongo de puntillas para poder llegar bien a abrochárselo y le pongo el collar.

-Esto en las películas normalmente es al revés. –Me río. ¿Cómo? ¿He dicho yo eso? ¡Maldita manía de pensar en voz alta! Oigo una carcajada de Pablo y siento como su cuerpo se zarandea con su risa junto al mío.

-Pues ahora que lo dices… Creo que llevas razón.
-Lo siento... siempre hablo de más...
-No te preocupes, ¡hombre! Se gira y me enseña risueño la cadena. -Me encanta, de verdad.
-Me alegro... eso... ¿puedo pedirte algo?, le digo tímidamente. Sonríe y asiente.
-Por supuesto, dime mi niña. Cada uno de sus “mi niña” consiguen que me enamoré más de él, si es posible.
-¿Puedes firmarme aquí?, le digo sacando la foto que nos hicimos en Madrid.
Pablo coge la foto y sonríe.
-Claro que sí, mi niña. -Veo como escribe algo sobre la foto y la firma.- Aquí tienes. -Me la tiende, junto con el rotulador.
-Si…muchas gracias, de verdad.
-A ti.
-Pablo, tenemos que irnos –Se oye a alguien gritando a lo lejos.
-Bueno, no te entretengo más, creo que tienes algo de prisa. Quizás podamos compartir otro café un día de estos. –Sonrío recordando el desayuno que compartimos en el hotel de Madrid.
-¿Eras tú? –Se sorprende.- Estaría encantado de compartir otro café contigo –Me sonríe.
-Pablo, vamos, no podemos entretenernos más.
-Tengo que... ¿nos vemos pronto?

Después de darle muchas vueltas a cómo decírselo a mis padres, decido dar un paso más y hacerlo. No sé cómo van a reaccionar, pero necesito ver a Pablo... Abro la puerta de mi habitación y bajo las escaleras hacia el salón.

-Mamá, papá… Esto… Er, quería… Quería preguntaros algo…
-Dinos, cariño. –Inspiro profundamente y dejo ir el aire lentamente antes de formular mi pregunta.
-Quiero ir a unos cuantos conciertos de la gira de Pablo…
-Azahara…
-Mamá, por favor.
-Lo que diga tu padre.
-Vamos, papá…
-No. Cuando venga a Barcelona ya hablaremos, hasta entonces, ni de broma.
-¿Por qué? Todas mis amigas van, por favor…
-Me dan igual los demás, tú no vas y punto. Y no insistas más.
-Papá... tengo 21 años ya, no soy ninguna niña.
-¿No tienes experiencia ya en saber lo que
significan mis “no”?
-No sé ni para qué pregunto... igual de retrógradas que siempre.
-¡Azahara un respeto a tus padres!, grita mi madre ofendida.
-Yo doy lo que me dan, no veo el respeto hacia mí por ningún lado.
-¡Somos tus padres!
-Lo sé... por desgracia lo sé...
-Pero cómo... Mira Azahara, estoy cansada de ese cantante, desde que le sigues has cambiado muchísimo
-Desde que le sigo he abierto los ojos, que es diferente.
-No vuelvas a hablarnos así, vete a tu habitación.
-Dejadme en paz. –Grito, frustrada.

“No entiendo porque papá y mamá no me dejan ir a la fiesta de cumpleaños de Nerea. Todos mis amigos van y por mucho que se lo digo no me dejan. Me dicen que tenemos que ir a casa de unos amigos suyos y que no podemos ir, pero la mami de Nerea nos había dicho que ella cuidaría de mí, que podía quedarme a dormir con Nerea. Es injusto... Siempre me dicen que no a todo. Los niños de mi clase me miran raro porque muy pocas veces he podido ir a sus fiestas de cumpleaños y las mías son aburridas, en el jardín de casa. Yo quiero ir al chikipark, como ellos, pero mis papis no me dejan. Y si me quejo me riñen y me hacen llorar. "

Me enjuago un par de lágrimas que caen por mis mejillas mientras acabo de subir las escaleras hasta mi habitación y me encierro en ésta. Siempre han sido tan exigentes conmigo… No es que tenga precisamente muy buenos recuerdos de mi infancia.
Me tumbo en la cama y marco el número de Miriam. Qué raro, no me lo coge. Parece que está comunicando. Lo que me faltaba ya… ¿Es que acaso puede pasarme algo más ya, hoy? Oigo como llaman a la puerta.

Azahara! Necesito que me dejes tu vestido azul.
-Lidia, ahora no, vete.
-Pero es importante, lo necesito para salir esta noche. –Abre la puerta de la habitación y asoma la cabeza.
-¡Que te vayas! –Le lanzo un libro que hay en mi mesilla de noche y cierra la puerta ipso facto.
-¡Mira que llegas a ser borde cuando quieres! Lo que necesitas es un buen polvo a ver si se te quita toda esa tontería de encima. –Oigo como grita mientras se aleja.

Vuelvo a intentar llamar a Miriam, a ver si ahora me lo coge.